Fueron muchas las tardes
de mi infancia que pasé en casa de las chiquitas Ríos.
Para ser exacta, fueron tardes constantes de año tras año.
Ellas vivían justo enfrente de mi casa y, como mi madre trabajó
toda su vida, pues mi hermana la pecosa y yo quedábamos recomendadas
con la tía Beatriz, mamá de Maribeth y Marisa. Eran
tantas las horas de convivencia que los juguetes, por más nuevos
que fuesen, no alcanzaban a cubrir nuestras expectativas de entretenimiento.
Por eso, nos dábamos a la tarea de inventar nuevos juegos,
ya que la pescapesca, los encantados y las escondidas se habían
convertido en algo demasiado trivial. Aburrido. Fue entonces cuando
creamos "El camino pinchallantas", tan sencillo como recorrer
en triciclo, y a toda máquina, las franjas de concreto que
generalmente construyen como acceso a un garaje para que las llantas
de los automóviles no estropeen el pasto. Mas, para dejar un
poco de verde vivo, cuidadosamente hacen esos dos caminitos del tamaño
exacto de los neumáticos. Coincidentemente, las ruedas traseras
del triciclo, azul metálico y flamante, quedaban justo en los
bordes de una de esas franjas. De tal modo que cualquier movimiento
en falso, y más teniendo en cuenta las tremendas velocidades
que alcanzábamos, provocaba una volcadura feroz e irreversible,
en la mayoría de los casos. Si bien nos iba, sólo "se
pinchaba una llanta" con el pasto, cuando ésta se salía
del límite. Por supuesto, la ganadora era la que llegaba hasta
el garaje sin tropiezos ni accidentes. Este entretenimiento duró
largos años. Hasta que una tarde trágica el triciclo,
agobiado, renunció definitivamente y decidió volar en
mil pedazos antes que transitar nuevamente la ruta cotidiana.
-Se acabó el camino pinchallantas -aceptamos con nostalgia
las chiquitas Ríos, las chiquitas Moreno y la tía Beatriz,
ya que eso significaba que "tendríamos que buscar otro
juego", lo cual no era malo. El riesgo en sí era que ese
juego podía estar "oculto" en cualquier parte de
la casa, incluyendo la de adentro. Y así fue.
Poco a poco, fuimos quedando serias, más quietas; para jugar
ya no era necesario ni siquiera levantarse de una silla. Después,
sentarnos tampoco; ya no jugábamos porque éramos grandes.
Aunque me cambié
de ciudad y de esas tardes a la fecha han pasado por lo menos veintisiete
años, jamás he perdido contacto con las chiquitas Ríos.
En especial, con Maribeth, quien es de mi edad. Sin embargo, debido
al trabajo, los hijos, los maridos, los cambios de horario, la globalización,
etcétera, no supe de ella por varios meses. Hasta hace algunos
días cuando recibí una llamada suya. Hablamos largo
y tendido sobre nuestras vidas, con sus luces y sombras, de cómo
nos ha ido, cómo andamos en esto de vivir, cómo sonreímos,
cómo lloramos. De pronto, en esa voz que llegó en un
momento de confusión inminente, encontré sonidos de
aquellas tardes tan lejanas
Mientras ella hablaba,
pensé que en realidad las cosas no han cambiado mucho desde
entonces: seguimos tratando de mantener un equilibrio y de seguir
un camino recto hasta la meta. Así nos acostumbramos: hay que
evitar las ponchaduras y tropiezos; cuando la pasión nos arrebate,
hay que disminuir la velocidad para prevenir volcaduras; hay que mantenerse
dentro del límite estipulado; la palabra "concreto"
sigue siendo la margen y la que llegue sin tropiezos, gana.
Pero, en realidad, ¿nos pasó algo extraordinario en
alguno de nuestros "accidentes?" ¿Nos recuperábamos
de las derrotas? ¿Acaso no nos sacudíamos la tierra
y continuábamos? ¿Habrían nacido tantas risas
si nunca nos hubiésemos "caído" del camino?
¿Se acuerda alguna de nosotras quién ganaba y quién
perdía con más frecuencia? Es más, ¿qué
ganaba la que ganaba? ¿Qué perdía la que perdía,
que no lo pudiese recuperar en otra tarde? A estas alturas, ¿no
recordamos únicamente el trayecto, la emoción y el color
del vehículo?
Quise preguntarle todo esto, mas, se había despedido. Otro
día será. Antes de que nuestros triciclos, cansados
y agobiados, decidan jubilarse de este eterno camino pinchallantas
que es la vida.