Siempre
que era posible, escuchábamos.
Parecía que dos niñas tan pequeñas, de cinco
y seis años, no pudieran tener ningún otro interés
que no fuesen los juegos de rutina. Pero, mientras los grandes nos
subestimaban, nosotras escuchábamos, a pesar de las voces de
sesenta muñecos de recortar que, apoyados en la pared -eso
sí, cada uno en su departamento perfectamente delimitado por
un ladrillo-, se desenvolvían en una complicada interrelación
de vecinos, novios, amigos y enemigos.
Así, mientras mi abuela y mi madre dialogaban en la sala de
la casa de esta última, la pecosa y yo estábamos físicamente
en el piso, y espiritual y extraoficialmente en medio de aquella reunión
familiar. Por ello no nos quedó ninguna duda cuando mamá
dijo: "No tenemos ni para la colegiatura; es más, creo
que mañana nos cortan la luz". ¡Sopas! Eso era mucho
más problemático que los acontecimientos en el poblado
de papel.
Los días subsiguientes realizamos nuestras actividades cotidianas.
No cortaron la luz, al menos. Sin embargo, un día al llegar
de la escuela: la tragedia. El que otrora fuera el juguete favorito
de mamá, su jardín, había desaparecido. ¡Tanto
que lo regaba y lo cuidaba! Mi mirada quedó absorta en el desolado
e inverosímil paisaje. Nada había quedado del verde,
brillante y cuidado pasto. Y yo nada entendía, sino hasta que
la pecosa volteó el rostro hacia mí y con cara de colisión
declaró:
--¡Pobre mamá: vendió el pastito!
¡Uf! Hasta dónde había llegado la miseria en nuestra
casa. ¿Y ahora? ¿Qué le íbamos a decir
a Maribeth cuando viniera a jugar? ¿Y mamá, qué
iba a ser de su vida en adelante?
Como éramos unas niñas prudentes, fingimos no darnos
cuenta. Aunque, desde el comedor, durante la comida, no dejábamos
de observar la tierra, oscura, triste, solitaria, que los despiadados
compradores habían dejado al llevarse el verde. Nuestro verde.
Por no sé qué extraña razón, la pecosa
no aguantó la duda que paseaba en su cabecita pelirroja y preguntó
a la mamá heroica que a pesar de la tragedia mantenía
su expresión natural de alegría:
--¿Y te dieron mucho dinero por el pasto?
--¿Qué dices, Cocó?
--Que si el señor que compró el pasto te dio mucho dinero...
--¿El señor que compró el pasto?
--Sí, que cuánto te dio...
Pasaron unos minutos
de incomprensiones mutuas, hasta que la madre mía de los ojos
amarillos se percató de la confusión: "No mi amor,
el pastito está debajo de la tierra... sólo que le echamos
un poquito arriba para que se alimente y se ponga más fuerte,
más verde, y sonría.
--¡Ah!, para que sonría...
Todo era muy extraño. Pero, al fin de cuentas entendimos. Días
más tarde, fueron nuestros propios ojos los que oyeron la fresca
risa del pasto recobrado.
Todavía siempre que puedo escucho por encima de las voces de
papel. Y a veces aún me cuesta trabajo entender que debajo
de la oscuridad, la soledad, la tragedia, está oculto el verde.
Que está ahí, abajo, haciéndose fuerte, creciendo,
alimentándose... Y que un día va a sonreír.