Cuando
yo me ponga a discutir con un niño
y le insista que los duendes
San Nicolás y las brujas
no existen
por favor sacá tu escoba
y vuela por mí sobre la casa...
(José María Zonta)
Hace algunos días cambiaron un "switch" a mi automóvil
(o a lo que queda de él, mejor dicho) y me dejaron la vieja
pieza inservible cerca de mi escritorio. Yo no sé si tú
conozcas un "switch" pero es algo así como un enchufe.
Una cajita negra con salidas de metal. A mis 36 años, yo no
sabía que mi coche llevaba varios de ellos ni cómo eran.
En fin; esa no es la historia.
La historia es
que un niño, güerito y feliz, que acude regularmente a
un taller de mi centro de trabajo, se encontró con la pieza
que había yo olvidado tirar a la basura, y me dijo que si le
permitía llevársela al patio para abrirla y ver qué
había adentro. Le dije que por supuesto que sí, y casi
le di las gracias por quitarme la basura. Al rato regresó y
me dijo que adentro había encontrado "una pequeña
ciudad" y la puso frente a mí. Toda una complejidad de
cablecitos, finos alambres de cobre, puentes con magníficos
letreros miniaturas, muelles, parques, y hasta una torre muy parecida
a la Eiffel. Quedé maravillada, e inmediatamente me puse a
investigar con él: "Claro, ésta es la entrada a
la feria... Sí, y aquí hay una fábrica (de velas,
era obvio)". Sin embargo, cuando calculé la despedida,
mi espantoso egoísmo empezó a lanzar señales
de alarma desde todos mis puertos internos al imaginar perder esa
pequeña ciudad, así que -qué horrible- le dije
al niño que si me regalaba su descubrimiento, para dejarlo
sobre mi escritorio y pasear por ahí cuando la rutina comenzara
a estrangularme. Dijo que sí. "Pero, ¿cómo
se llama la ciudad?", pregunté. Sin pensarlo, y como si
fuera algo evidente, respondió que Electricidad. Mas, al instante
corrigió con toda seriedad: "Electriciudad". Si no
hubiera sido un niño, me hubiese enamorado de él.
Esa historia me
llevó a recordar el día que le regalé al pequeño
Cometín, de 5 años de edad, un llavero de esos que tienen
una burbuja con líquido azul simulador de mar, y un delfín
de plástico flotando adentro. "¿Te gusta? El delfín
se llama Peter". Cometín sonrió, tomó el
llavero con emoción y, luego de observarlo por corto tiempo,
lo estrelló con toda su fuerza en la pared más cercana.
La esfera voló en mil pedazos, el líquido azul escurrió
dramáticamente por el muro, y yo quedé tarada (más
de lo normal) del susto. Casi me sentí humillada, triste. Pero
esos sentimientos se disiparon al ver que el niño recogió
del piso al minúsculo delfín, se acercó a mí
con él en la palma de la mano, y me dijo feliz: "Pobrecito
Peter: ya lo liberé".
Me gustan esos
niños sensibles que me recuerdan la existencia de las hadas;
esas que se esconden en las cosas sencillas y fuera de las márgenes
de la racionalidad aparente. Mágicos universos diminutos que
nos rodean y que uno tomaría el hecho de observarlos como simple
ociosidad. Los días serían helados sin la capacidad
de sueño. Sin usar la imaginación. Sin ver.
Hay días en los que escucho personas hablar frente a mí
de cosas simplemente cotidianas, triviales, y por ende levemente aburridas.
En esos momentos dirijo la mirada a "Electriciudad" y pienso
que quizás nos vemos unos a otros como cajitas negras y estúpidamente
cuadradas, pero por dentro puede haber oculta una ciudad fantástica
-con parques y muelles y fábricas de velas- si la sabemos descubrir.
Desarmar, en cierta manera. Lo único que necesitamos es paciencia,
y luego hacernos diminutos para poder pasar bajo el puente azul que
conduce a la feria que nos hará emocionarnos en subidas y bajadas.
Ayer, caminando
por una banqueta, pensando en mil sinluces, de pronto escuché
los brillos de una canica azul que me llamaba desde la maleza. Aquí
la tengo junto a mí, y espero con ansias el día que
venga el güerito a visitarme para enseñársela.
Estoy segura que sólo él podrá notar que contiene
un universo repleto de estrellas.
Imagino a esos
dos niños ya adultos, viendo y sintiendo la vida... a Cometín,
liberando sueños de falsos mares; al güerito, descubriendo
una electriciudad en el desarmado corazón de una mujer.
Me gustaría
verlos entonces. Y abrazarlos con pasado.

Como quisiera
Foto de: Michele Moreno