A nadie te pareces
desde que te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
(Pablo Neruda)
Por diferentes razones y en distintos modos, a veces la gente se va.
Se forma en el viento un instante misterioso en el que una persona
da un paso sobre otro camino. Los que se van, en ocasiones lo hacen
físicamente; y hay ausencias más allá de lo físico.
Trivial sería entrar a la plática de las presencias
ausentes y viceversa. Pero también hay ausencias en uno mismo;
nos vamos de nosotros, y queda un espacio vacío, como si en
un descuidado bostezo nos hubiésemos tragado un pedazo de tarde
de lluvia. No siempre se sabe en qué momento apareció
el sin. Pero ahí está, diciendo que falta algo que nos
pertenece y que por alguna razón no encontramos. "Así
son los días sin- le decía alguna vez a un amigo - no
es que uno esté triste, es que está sin".
Reviso las alacenas,
tiro todo del refrigerador, cambio de lugar los objetos, siembro plantas,
sacudo los libros, cambio los discos, canto, siento, pienso, camino
Me asomo por la ventana y me miro pasar por la calle, alejándome.
Buscando remediar el sin, me dirijo al mercado a comprar algo que
seguramente no necesito. Abro la cartera: cien pesos. Y es principio
de quincena. No importa. Mañana será otro día.
Lo primero que miro y que me entusiasma es una escoba azul nube que
inmediatamente me recuerda una canción de Silvio:
"Si me
dijeran: pide un deseo,
yo pediría un rabo de nube,
que se llevara lo feo,
y nos dejara el querube;
un barredor de tristezas,
un aguacero en venganza,
que cuando escampe parezca
nuestra esperanza"
No sé si
en mi casa hace falta. Pero es azul, barre, y cuesta diez pesos. Pudiera
imaginar que es un barredor de tristezas. Cómo no. Nos llevamos
la escoba azul, señores. Sí, pero falta algo más.
Entonces miro los ramos de flores. Mi primer impulso es tomar las
rojas "No, no; no necesito rosas rojas apasionadas". Flores
rosas; "No, no; el rosa es pensativo y demasiado tierno. El rosa
con cara de aburrido. El rosa como espera de historia rosa. Lo rosa
se desrosa". De pronto desde atrás un ramo de flores grita
iluminación. Amarillas, como la luz. Amarillas, que nos está
haciendo falta sol. Amarillas por favor, que salten en alegría
al abrir la puerta.
Recuerdo entonces
que, en "El olor de la Guayaba", la ola García Márquez
cuenta que no puede escribir si no tiene flores amarillas sobre el
escritorio. Que a veces no sabe por qué no logra la línea,
hasta que mira que no le han depositado sus flores cotidianas. Igualmente
llega el poema de Tania Díaz que dice "Olvidar a un hombre,
es no volver a cortar flores amarillas al anochecer". ¡Y
Carlos Pellicer! Claro, él algo sabía cuando dijo:
"¿En dónde estás, eterna primavera?
¿Por qué perdí tu claridad ligera
y en flores amarillas te descubro?"
Neruda, Borges, Netzahualcóyotl y tantos más que no
recuerdo sabían el secreto de las flores amarillas. Como también
lo supo aquel pintor holandés, loco de soledad, que llenaba
sus días y sus lienzos con ellas.
Así, deposito
en el florero frente a la puerta principal de mi casa un enorme ramo
de flores amarillas que cada vez que abro la puerta me abruman con
su espléndida sonrisa.
Mientras pienso
en ello, feliz de este descubrimiento que acompaña, desde mi
cama miro el techo hasta quedar dormida. Y entre sueños escucho:
"Mentiría
si dijera que te olvidé. No me perdono el no verte feliz, y
sin embargo no tuve otra salida. El destino, con frecuencia ocioso,
hace malabares con nuestra existencia y nos condena a la distancia,
a las erosiones del tiempo y a las improbables miradas. Llamaría
a un ejército de rosas rojas, mas las rechazarías por
saber que yo las envié para adornar tu mundo de manzana. Por
eso he tornado mi propio sentimiento, y ausencia, en besos de luz
de sol; armaduras de oro que forjadas en pétalos te alcanzan
Y defienden".
Despierto, y no
estoy segura si esa voz llegó del pasado o del futuro. De mí
misma o de alguien más. Por el momento sólo sé
que para la ausencia: flores amarillas.
Nada más.

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