Cómo y
por dónde se coló a paso lento nunca lo supimos. El
asunto es que de pronto la tortuga atravesaba la sala ante nuestra
sorpresa. Lo que era indudable es que el animal había pertenecido
antes a un ser mundano que, con pintura color naranja, salvajemente
le pintó una enorme cruz en el caparazón. A mi hermana
la pecosa y a mí nos hizo gracia la visita; mamá, que
nunca se caracterizó por su gusto por las mascotas, quedó
más que fascinada con ella. "Se va a llamar Tristeza",
sentenció democráticamente.
Para nuestras compañeras de escuela quizás hubiese sido
más normal bautizar a la recién llegada como "Tortu",
pero el nombre de Tristeza de ninguna forma podía parecer
extraño en una casa que antes albergó a un perro pointer
al que nuestra madre llamó Zorro, madre que se transportaba
en un automóvil Calabaza. Estábamos acostumbradas
a sus vuelos. Para ese entonces la pecosa y yo tendríamos unos
catorce y quince años de edad, por lo que pronto nos olvidamos
de la tortuga, a la que simplemente depositamos en el jardín.
En esa época, mucho más interesante resultaba como entretenimiento
ver los anuarios - muestrarios de los muchachos del CUM, o patinar
libremente por la avenida Colón, que observar la mecánica
cotidiana de un reptil con cara de tremendo aburrimiento.
Ahí no
quedó la cosa. Al poco tiempo mamá llegó a casa
una noche con otra tortuga: "Me la regalaron, y se va a llamar
Alegría". ¡Wonderful!, pensamos, y dimos la
vuelta hacia nuestros destinos.
Más tarde
la pecosa se fue de la ciudad. Yo también me fui. Mamá
se quedó. Pasaron los años y más años
de cada quien su vida. Con los meses, se fue haciendo más extenso
el tiempo entre una y otra visita a aquella casa materna.
Hace algunas
semanas, conversando con La Pecas, ella me contó que estaba
muy preocupada por mamá: "En las noches se para en lo
oscuro del jardín e invoca a su hermano muerto, para hablar
con él". Todo eso nos hizo llegar a la conclusión
de que esa madre nuestra estaba pasando días opacos, aunque
aparentemente ella demostrara lo contrario.
Convencida de
la tristeza de mamá, pedí unos días libres en
el trabajo y me fui a Mérida, dispuesta a colorear la situación
aquella de la presunta soledad.
Aunque en una soledad hasta cierto punto envidiable, encontré
a mamá mejor de lo que esperaba. Por ratos. La forma y los
tonos de sus ojos siempre han sido engañosos. Uno nunca sabe
a ciencia cierta qué tan triste está. Por lo que me
dediqué a observarla, y a platicar con ella. Así, a
mis treinta y cuatro años me enteré por qué colecciona
figuras de Hotei... ¡desde los ocho años de edad!
"Se necesita ser estúpida para haber vivido dieciocho
años rodeada de chinos panzones y nunca haber preguntado por
qué", pensé de mí misma. Ella me contó
historias maravillosas de su amor por Hotei, y en un recorrido
por la casa me explicó la procedencia de cada uno de ellos.
Ellos, con los que siempre viví sin mirarles los ojos. Me dieron
ganas de llorar. ¿Hasta qué grado ignoramos la grandeza
de las cosas sencillas que nos han acompañado por tantos años?
Fue una gran noche. Y ella, estaba feliz.
Al otro día,
desperté con la noticia de que asistiríamos al panteón.
¡Maravilloso! Total, vacaciones hay cada tres días; ver
sepulturas es un gran atractivo turístico. Sin embargo, el
comprar flores, limpiar la tumba de mi abuela, y sentarme bajo el
árbol que ella misma sembró antes de morir para darle
sombra a su futura casa, ha sido una de las mejores experiencias
de los últimos tiempos. Recordé que cuando era niña,
era yo quien acompañaba a mi abuela al panteón a ver
a sus muertos. Y fui yo quien le preguntó más de una
vez por qué las flores no se colocaban de cabeza en el florero,
de manera que el halagado pudiera apreciarlas (de la otra forma, el
enterrado es el único en no verlas, pensaba). Luego me distraje
leyendo los epitafios de los vecinos. Mas, al volver la mirada, vi
a mi madre en un estado de ausentismo tremendo. Era, pero no estaba.
Y descubrí con pesar una profunda tristeza en su semblante.
"Tenía razón La Pecas; mamá está
triste", reconocí. Ella volteó, y sonrió
con toda la vida en los ojos.
En esas dilucidaciones
y estudios de mercado me pasé dos días más. Tratando
de mirar.
Una tarde, mientras
platicábamos en una terraza al aire libre, vimos cómo
empezaban a caer finas gotas de lluvia sobre el agua de la alberca.
El viento comenzó a gritar, y nubes negras vinieron corriendo
a cubrir el cielo azul. Entonces mamá se levantó abruptamente,
y yo pensé que iría a cerrar algunas ventanas. Pero
no. Al instante se volvió a sentar y comenzó a amasar
bolitas de pan blanco. "¿Y eso?", le pregunté.
"Ah, son para Tristeza; le va a encantar esta lluvia".
--¿Para quién? ¿Tristeza?
--Ay, Negra, ¿ya se te olvidó Tristeza?
--¿La tortuga que llegó hace... 20 años?
-- Pues quién más.
--¿Vive?
--¡Pues claro!
Y entonces se presentó ante mí la escena más
emotiva que hubiese imaginado: mamá se paró en medio
del jardín y comenzó a llamar: "Tristeeeeza,
Tristeeeza", y de pronto vislumbré entre el camino
de piedras una cabecita extendida que avanzaba a gran velocidad, bajo
un caparazón con rastros de pintura naranja. Se acercó
hasta pararse junto a mamá, quien ya le lanzaba sus pedacitos
de pan. Me acerqué. La vi, y la verdad, la verdad, lo primero
que me pregunté es qué clase de pintura le habrían
puesto para que después de 20 años todavía quedara
huella. Después pregunté por Alegría.
"Ah, no, ésa es más rebelde. Sale cuando le da
la gana; a veces en un macetero, a veces junto a la alberca. Puede
pasar hasta uno o dos años y no la veo... pero siempre regresa".
Al rato salieron otras dos tortugas, cuyos nombres se me olvidaron
ya. Y no es para menos. Me quedé contemplando a mamá
mientras alimentaba a sus tortugas. Vi sus enormes helechos verdes
y contentos cantando alrededor de ella. Los nenúfares asomando
sus cabezas desde una pileta. Vi hacia atrás de mí,
y decenas de figuras de Hotei me mostraron sus espléndidas
sonrisas, mantenidas a flor de labios por años. Cada uno me
hizo sentir que mamá no está sola. Una vez lo estuvo,
pero la misma soledad provocó en ella un milagro: había
aprendido a esperar con paciencia el regreso de Alegría;
y a Tristeza, no sólo la alimentaba, sino que la
había domesticado. A mamá le brillaba la vida de manera
tan intensa que el resplandor enceguecía, y no permitía
que la Pecas y yo alcanzáramos a ver la paz que la rodeaba.
Y a ella misma tampoco se lo permitía. Quizás.
Pensando en esas
luces tan directas que no percibimos hasta el día que nos quedamos
a oscuras, le pedí a mi madre que me llevara una vez más
al panteón. Después de poner las flores bocabajo, me
dirigí a la estación de autobuses. Era hora de partir.
Otra vez.