Como
una cabra arisca bajó de su montaña, de su montaña
que era salvajemente huraña, como su espíritu hecho
a las bravas alturas
Antonio Mediz Bolio
Toño dijo que "hay muchas bellezas naturales de las que
debes de hablar cuando escribes". Toño dijo. Y sin embargo,
María vuelve a aparecer en mi mente en esta tarde sin de febrero.
El 24 de diciembre de 2002,
al entrar al poblado de San Juan Chamula, en Chiapas, el espíritu
se me movió. Vi una banqueta llena de hombres sentados y envueltos
en unos rechonchos sacos de lana borrego negro y tuve miedo. Siguieron
el automóvil con la mirada. En toda la calle, la gente amontonada
cubría de ramas enormes cruces verdes. Avanzaba el auto lentamente
con las ventanas abiertas, rodeado de quince o veinte mujeres indígenas,
cuando sentí que algo cayó en mis piernas. Instantáneamente
pensé en una agresión. Mas, vi que se trataba de una
pulsera de hilo. Bajé del auto y me dirigí a las mujeres:
"¿Quién lanzó esto, y por qué?"
Una de ellas se adelantó a las demás: "Yo te la
tiré, y es un regalo". Insistí en pagársela
y se negó. Me preguntó mi nombre y se identificó
como María. Me fijé plenamente en ella: era una niña
dulcísima. Con sonrisa de río y trenzas largas. Me sentí
emocionada ante el paisaje. El misterioso templo de Chamula atrás,
con toda la oscuridad que emana, y al frente ella, María: la
luz, con México total en su piel, y en su melancolía.
Todo el tiempo en Chamula, ella estuvo frente a mis ojos.
Meses después del regreso a Cancún, recordé que
no había llevado a revelar mis fotos de Chiapas. Decidí
hacerlo. Dudé en el sitio de revelado. Dudé en bajarme
yo del coche o en mandar a una posible emisaria que iba a bordo. Dudé
todo, pero el viento acomodó las cosas de tal manera que me
estacionara en la puerta de un sitio de revelado en la avenida Tulum.
Y que fuera yo quien se bajara. A punto de entrar, vi a dos mujeres
indígenas chiapanecas sentadas en la puerta, vendiendo tejidos.
Mis ojos de pronto se clavaron en una mirada antes vista y nunca olvidada.
Mi corazón brincó. Me incliné hasta tenerla frente
a frente: "¿Cómo te llamas y de dónde vienes?"
"María, y vengo de Chamula".
Bajó de los picachos a la llanura un día; allá
dejó el rebaño, la choza, la jauría, los agrios
vericuetos, las claras soledades dominio de las águilas y de
las tempestades
No lo podía creer. Le recordé que nos habíamos
conocido en Navidad, y le di mi nombre, francés, cursi, y poco
común en Chamula, por lo que enseguida recordó. "Ah,
sí, Michele". Mi vida en los días siguientes fue
atormentada y neurótica: ¿Por qué de todos los
indígenas de Chiapas es ella a la que encuentro en Cancún?
¿Por qué la única de la que recuerdo rostro y
nombre? ¿Por qué me tiró una pulsera precisamente
ella, el día de Navidad? "Es una señal, claro,
algo tengo que aprender de ella o algo tengo que hacer. Esto va más
allá de la lógica", me decía con insistencia
la loca que vive dentro de mí. La invité a comer (a
la indígena; la loca se cuela diario en mi mesa), a ella y
a su amiga. Así supe que eran explotadas por una mujer que
les daba artículos tejidos para vender a cambio de lugar para
dormir y unos pesos mensuales que aún no veían.
--¿Y por qué no tejen sus propias cosas?
-- Porque no tenemos hilo.
--¿Y por qué no tienen hilo?
-- Porque no tenemos dinero ni lo venden en Cancún.
Inmediatamente fuimos al mercado 28 y compramos cincuenta rollos de
hilos de colores. Les expliqué cómo llegar a mi oficina,
por si tenían algún problema. Por eso, por todo, no
dudé cuando a los dos días se presentó ante mí
María hecha un mar de llanto, diciendo que la habían
corrido de donde vivía y trabajaba, que estaba en la calle.
Le ofrecí pagarle en ese momento su boleto a Chamula. Se negó.
"No te preocupes -dijo entonces la Mujer Maravilla- ahora lo
resolvemos". Y sí, antes de dos horas, María La
Chamula ya tenía trabajo en la cafetería de la Casa
de la Cultura de Cancún, y donde vivir también. María
se había encontrado a su Hada Madrina. Y estaba del otro lado
de los que siguen esperando a Marcos, como se espera a Kukulcán.
Pero no fue tan simple. A las pocas horas de haber sido contratada,
fui a ver cómo iba. Y al verme asomar se echó a llorar
otra vez. Entonces la abracé para escucharla decir "Es
que yo no quiero trabajar aquí; yo quiero ir a vender a la
calle, mis cosas, con mis amigas". Entonces me di cuenta de lo
tonta que veces soy. Pretendí encerrar a un quetzal. Recordé
el día que vi un tejón en un área verde de pocos
metros cuadrados, rodeado de avenidas. Me sentí una imbécil.
La llevé a comer a mi casa, con mi familia. Le ofrecí
una cama para dormir. Todo ese día, María se la pasó
sentada en mi oficina, junto a mí. Diez horas. "Ya no
me veas", le decía yo, "Mejor cuéntame chismes
de Chamula, ándale, cuéntame quién anda con quién
y esas cosas de amantes" (ya habíamos hablado ampliamente
del conflicto religioso y demás). Fue hasta las diez de la
noche que logramos contactar a un amigo de un hermano de ella, en
el Crucero. Ahí la dejé. Le di cien pesos más
y le pedí que me visitara, que contara conmigo, que me informara
qué haría, que no me abandonara, que no me lastimara
el corazón con su silencio. No volví a saber de ella.
A veces, en tardes sin, camino por el Parque de Las Palapas. Me siento
en una banca y observo a las mujeres indígenas de Chiapas.
Las veo cómo sonríen cuando están juntas, y cómo
sube el tono de su voz y de su vida cuando pronuncian en tzotzil.
En ellas veo a María, y descubro las bellezas naturales que
Toño mencionó. Porque se hace un río verdísimo
que pasa, que transcurre, sin permanecer, como la esperanza de los
indígenas de Latinoamérica. Pienso en por qué
María no volvió a buscarme, y veo una ruina imponente,
con el embrujo de Yaxchilán y la humedad de Bonampak, que dice
la verdad: porque la separan de mí 500 años de desconfianza.
De ahora en adelante, habrá que vivir sin pretender saber si
las cosas ocurren por casualidad o por destino. Ocurren, y la magia
está en el hecho en sí. Encuentros fugaces que enseñan
que las realidades paralelas y distantes- como los ríos- pueden
encontrarse momentáneamente en una cascada solitaria, para
disolverse después entre las luces del atardecer...
Las luces; eso es lo que queda.