"Cuántas luces dejaste encendidas;
yo no sé cómo voy a apagarlas".
(José Alfredo)
Conversando hace algunos meses con un amigo sobre el hecho de que
su novia se fue a vivir a Centroamérica, yo le decía
que siempre para quien se queda en el lugar de los hechos es quien
más duele y para quien el tiempo pasa tan lento como cocodrilo
al atardecer.
Y me dio por comparar el asunto con una obra teatral: "Pues sí,
mi amigo, ocurre que es como si después de una magnífica
representación todos salieran del teatro menos tú, que
permaneces sentado en la última fila viendo aún la escenografía
y repasando en tu mente (generalmente neurótica) las escenas
más significativas... cuando la actriz dijo... cuando se paró
ahí... cuando sonrió... y movió las manos así,
como sol"... Pero ya no.
Entonces en un arranque brillante y lúcido, mi amigo descubrió
la luz: "Bueno, es cierto lo que dices, pero también es
cierto que quien se queda de último en el teatro es quien decide
cuando apagar las luces, y cerrar la puerta."
Ahora sí que como dijera Lucho Gatica:
La puerta se cerró
detrás de ti
y nunca más volviste a aparecer
Todo sonaba bien. Cierto. Pero de ahí no terminaría
nuestra plática. A los pocos días recibí un correo
electrónico suyo con una sola línea: "No encuentro
el interruptor".
¿Por qué será que a veces las palabras suenan
tan fáciles? No siempre la mejor filosofía es práctica.
"Está bien - respondí- entonces deja las luces
encendidas en los recuerdos pero sal del teatro". Pasaron dos
semanas antes de volver a saber de él. Y de pronto otro mensaje
electrónico: "Malas noticias: cerraron la puerta por fuera
y estoy encerrado, no hay salidas de emergencia, ni ventanas..."
De ahí nos dio por
platicar sobre el mito de la media naranja. Yo creo que no hay medias
naranjas sino naranjas completas que son felices en una canasta junto
con otra. O sea, me gusta la teoría de que somos personas-colores
y al mezclarnos con otra persona-color creamos un tono definido, a
veces triste, otras brillante, pero un tono irrepetible. "Este
es un rojo tulipán de mar". Lo cual no quiere decir que
con otras personas no logremos tonos mágicos. "Este es
un verde hoja de naranja tierna". El problema es que queremos
siempre lograr el mismo tono que con la persona anterior. Y nos da
trabajo entender que en el amor los colores no se pueden igualar.
Crecemos con la cultura de canciones de charro herido que nos hacen
pensar que "Sin ti no podré vivir jamás"(ya
sé que ésta no es de charro, pero va). Y ¿sabes
qué? No es cierto.
A veces creemos que de verdad nos cerraron la puerta del teatro vacío
con nosotros adentro. Pero generalmente es la desesperación
por salir la que atora la puerta. Si con un poco de calma damos vuelta
a la cerradura, aceptando que sí, vamos a salir del teatro
con un buen recuerdo feliz y que la obra ya se terminó, fin,
concluyó, pues la perilla gira y estamos fuera.
¿Quién apaga
las luces? El amanecer. Digamos que funcionan con fotocelda. No hay
interruptor, por lo que ni con voluntad lo encontraremos pues. Sólo
hay que esperar la primera luz del sol.
El domingo pasado vi a
mi amigo en céntrica cafetería con una hermosa dama.
Como no podía hablar claramente con él delante de ella,
le pregunté: "Oye, y tu amigo aquel actor, dime, ¿qué
pasó con su obra de teatro, la terminó?" A lo que
él respondió:
"Está feliz,
después de algunas audiciones de rigor, ha encontrado una excelente
actriz, y en breve estrena una nueva obra. Promete -agregó
con una sonrisa espléndida- promete..."
Juntos, me pareció
que formaban un morado bugambilla subiendo veloz por reja de Tequisquiapan.
Definitivamente, en el
amor hay muchos tonos posibles y felices.
Eso fue lo que vi.

¿Quién?
Foto de: MiIchele Moreno