Encuentros que desencuentran... y viceversa

Ya mi hermana María José, que lo vio una semana antes en Mérida, lo había dicho telefónicamente: "Es un gordo. No lo vas a reconocer. ¿Te acuerdas qué flaco era? Eso sí, se ve más alto que antes. Y, bueno, esos dieciocho años que pasó en España le dejaron cara de gachupín".

Se llamaba Fernando Aizpuru. Nos habíamos comprometido tácitamente a una eterna amistad, cuando fuimos vecinos de toda la infancia, y parte de la juventud. Los Aizpuru siempre fueron invitados a nuestras piñatas. Más tarde, éramos los amigos que cada tarde se reunían para comentar de música, muchachas y muchachos, fiestas, novios, chismes y demás. Después la vida nos separó, cuando a los 19 años Fernando decidió irse a vivir a Europa.
Y ahora estaba de paseo por este país, y por esta península. ¡Cuántas ganas tenía de verlo y de contarle tantas cosas! Parecía un sueño hecho realidad. "Te va a llamar apenas llegue a Cancún", anunció María José. Y así fue. Hablamos poco porque yo estaba en la oficina, pero bastó para quedar de acuerdo en qué sitio nos encontraríamos al atardecer. A partir de ese momento, las horas se detuvieron. Por más que intenté dormir, distraerme, hacer algo para que de pronto las cinco de la tarde me encontraran de sorpresa.
Por fin llegó la hora, y acudí a la cita esperada por dieciocho años. Al entrar a la cafetería, recordé las palabras de María José, sus descripciones y comentarios sobre los cambios de Fernando. Observé cuidadosamente, hasta que lo encontré; sentado en una mesa frente a su café. Efectivamente, estaba más gordo. Mucho más gordo de lo que pensé, y más moreno, pero la cara de gachupín lo delataba. Antes de acercarme, lo estuve mirando, tratando de adivinar por qué dejó a un lado la sonrisa permanente de antaño. "Se nota que la vida no lo ha tratado bien", me dije. Eso sí, el cigarro lo sostenía igual que la última vez que lo vi. Decidida, me acerqué discretamente y lo palmeé por la espalda. Me miró fijamente, aún sin sonreír. Así que me senté frente a él y sonriendo levanté las cejas, como diciendo "Soy feliz de verte". Sin embargo, en ese momento lo percibí como si fuera cualquier extraño. Alguien que nunca antes había yo visto. "No me ha reconocido", me dije, y delicadamente deslicé:
--¿Fernando?
-- No, Armando
¡Ups! Sentí que se me subió la sangre hasta el futuro.
--¡Perdón! Es que... estoy buscando a un amigo... que no veo hace muchos años.
--No se preocupe -contestó el infame y amargado gordo que acababa yo de apapachar.
Nerviosa y profundamente humillada, me fui a sentar a otra mesa, del lado opuesto al gordo, en un lugar donde no pudiera volver a verlo ni por accidente. A los diez minutos vi llegar a Fernando: estaba igualito al recuerdo que tenía de él. Ligeramente maduro, con algunas arrugas, pero no más. Nos abrazamos como si fuésemos unos científicos que acabaran de recibir el Premio Nobel. Y luego nos sentamos, para dialogar como dos tarados:
--¿Entonces te casaste?
--Sí, hace 10 años.
--¿Y tienes niños?
--No, me divorcié a los seis meses.
--Órale. ¿Y en qué trabajas?
--En un bar.
--Qué padre, ¿no?
--Pues no creas, hay mucho borracho en el mundo.
--Ah no, pues eso sí.
--Sí… ¿Y tu mamá, cómo está?

Habíamos esperado casi dos décadas para saber cómo estaban nuestras progenitoras que, por cierto, seguían siendo vecinas en la ciudad de Mérida. A los cuarenta y cinco minutos, empecé a percatarme de que España está muy, pero muy, lejos. Y que no teníamos nada más que decirnos. Habíamos cambiado. Éramos otros. Sin embargo, el afecto se mantuvo. Lo veía frente a mí, y experimentaba un profundo amor. Lo escuchaba, y era como si no tuviésemos ninguna afinidad:
--¿Y qué vas a hacer esta noche?,
--He quedado de ir a bailar a La Boom. ¿Y vos?
---Voy a la Muestra de Cine Francés...
--Ah... cine francés...
Nos despedimos en la puerta con palabras bonitas, sí; pero nunca pude expresarle exactamente lo que yo sentía y que era algo así como "Te quiero, ayer y siempre".
Ya en el coche, me pareció que estaba yo sola en el planeta. Pensé en un fragmento en el que Álvaro Mutis explica que todos los días, ante nuestros ojos, cambian los demás, y no nos damos cuenta que nosotros también: "Tal vez en eso consiste lo que los hombres llaman soledad."
Al llegar a mi casa recordé que, en la euforia previa al reencuentro con Fernando, le había yo pedido a María José, que continuaba en Mérida buscando el pasado, me averiguara dónde podía encontrar a Julia Novelo, mi mejor amiga de aquella lejana juventud. Así que llamé a Mérida y le avisé a mi hermana que no. Que nunca. Que más fácil resultaba ver a Julia caminando, con su pantalón de mezclilla y su risa, fresca y llena de frenillos, una y otra vez por mi mente. Acompañándome…


Noche
Foto de: Michel Moreno



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