Sobre la lluvia

por Michele Moreno

para Daniel Navarro


Nada sucede dos veces
Ni va a suceder, por eso
Sin experiencia nacemos,
Sin rutina moriremos.

Wislawa Szymborska

 

Nos conocimos cuando yo era una niña y me decían Xuxu, y él era un
adolescente que miraba pasar los trenes cerca de su casa. A mí me gustaban
sus historias de locomotoras y de aquella prima que una vez bailó con él en
forma provocativa. Así yo le hablaba de esa forma mía de pegar los labios al
hielo, imaginando cómo sería un beso en la boca; él me describía cómo su
padre trabajaba colgado en altos postes. Yo, de mis viajes interiores; él,
de sus peligrosas excursiones de universitario. Él sabía volar.
Al cabo de los años, entonces las historias cambiaron. Él se fue a vivir un
poco más lejos. Sin embargo, algo se mantenía: cada cierto tiempo yo recibía
una flor diferente cada vez, con una descripción encantada de la misma. Eran
flores poderosas con varios caminos y sortilegios. Llenaban.

No es lo mismo ningún día
No hay dos noches parecidas,
Igual mirada en los ojos,
Dos besos que se repitan

Poco a poco se hizo más grande la distancia. No más flores. Ni palabras. Y
entonces cuánto lo extrañé. Mas respeté su silencio, aunque nunca lo
entendí.
Hace más o menos un año lo encontré en un estacionamiento y platicamos por
algunos minutos, ya que la lluvia empezaba a arreciar. Así que cada uno
corrió hacia su automóvil. Cuando ya estábamos lejos uno del otro, le grité:
"Tengo que escribir algo para mañana, ¿de qué escribo?", a lo que él
respondió también con un grito: "Escribe sobre la lluvia". Y nos alejamos
otra vez. Jamás escribí sobre la lluvia, es verdad. No la sentí.

Ayer ocurrió una de esas noches en las que uno piensa que ya todo está
perdido. Por alguna extraña razón me sentí derrotada. Problemas por todos
lados. Deshorizontes que de pronto se le atraviesan a una en el camino. Con
una presoledad cruzada en mi vida, tal como aceituna sobre martini seco, me
detuve en un cibercafé a imprimir ciertas cosas urgentes, y, mágicamente,
encontré un mensaje de mi amigo. Eran sólo cuatro palabras: "Nunca me he
ido". ¿Nunca te has ido, desgraciado?, fue lo primero que pensé. Aun así, me
cambiaron los colores desde los ojos hacia el mundo. Como era tarde para
acudir a un parque (hay parques sumamente comprensivos), me subí al techo de
mi casa a fumar un cigarro con las estrellas. Y estuve dilucidando en dónde
nos quedamos.

Nos quedamos en que yo me fui. No lo recordaba. No de forma física, sino de
la que sí duele. Me fui en esencia, y me fui muy lejos. Atando cabos, me di
cuenta de que lo que sé de mi amigo últimamente ha sido a través de los que
anteriormente fueron mis amigos cercanos, mas no suyos. Es decir, me fui de
todos. Pero él los fue conociendo, se fue acercando a esas voces y vidas que
yo antes le describía. Es verdad, en cierta forma nunca se fue.

Ayer mientras que tu nombre
en voz alta pronunciaba
sentí como si una rosa
cayera por la ventana.

A veces creemos que son los demás los que abandonan. Los que se van. Y no
nos damos cuenta de que fuimos nosotros quienes de alguna manera abrimos la
puerta. Así nos vamos quedando solos, y no nos damos cuenta, hasta que una
noche "ocurre el descubrimiento de la sombra". Y creo que hay que
reconocerlo y aceptarlo como samurai. No sé si vuelva un día a encontrar una
flor en la puerta de mi casa, pero quise escribir esto como un homenaje,
como un recuerdo, sólo como un color de tarde de flamencos atravesando el
cielo. .

Vuelvo la cara hacia el muro
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Cómo una flor o una piedra?

Aquí está tu lluvia, amigo querido. No hay gotas más gotas que la vida sin
flor. No hay lluvia más lluvia que nombrar tu sonrisa.
Tan lejos.

Llueva pues tu ausencia.


Sobre la lluvia
Foto por Michele Moreno

 



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Preguntas y teorías sobre cosas importantísimas de la vida - De La Correísta

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